Un llamado a la superstición (o al menos, a aceptar que está ahí)

Cuan distanciados del absurdo nos hemos de sentir, personas educadas, pretendientes de ser educadas o al menos, que valoramos por reflejo la educación, la sensatez y la coherencia. La búsqueda del sin sentido, aparece entonces como un ejercicio racionalizado, un intento hasta forzado en ocasiones ora como divertimento, ora como intento de llamar la atención y, siendo un ejercicio premeditado, el actor será protegido por el revestimiento de la razón: la conciencia del loco crea complicidad en el absurdo y previene despertar temor en los interlocutores, así como salvoconducto para cruzar una tras otra, a gusto, las vallas que interfirieren hasta alcanzar un grado deseable de absurdo sin caer en el riesgo de ser considerado un demente.

El proceso descrito se aplica, tanto como para bromas o juegos de palabras como para toda clase de supersticiones y actos carentes de causalidad comprobable, describe de forma trascendental la evasiva a entregar un salero por mano, a quien rehuye de pasar bajo una escalera así como también quien encomienda el éxito de algún evento al santo que se le antoje (o, en virtud de algún inventario onomástico, corresponda). El reconocimiento, maduro y doloroso, de la incapacidad de controlar las variables de la vida presenta como único refugio la creencia, fuere cual fuere, en una causalidad externa. Como toda creencia, adolece de certeza (en ese caso, estaríamos frente a un conocimiento) y, su firmeza radica precisamente en esa ausencia pues, así como nadie podría asegurar de forma inequívoca su efectividad, nadie podrá asegurar lo contrario.

Asumiendo tal estado de las cosas, poco podremos debatir que cada cual tiene sus creencias y con las del otro poco podremos hacer más que mirarlas indiferentes, comulgar con ellas o rechazarlas (teniendo como parámetro las creencias propias, susceptibles de igual grado de rechazo). Cualquier valor o convicción responde al momento (me inclino a pensar que el término macromomento es más feliz en esta oportunidad) por lo tanto, ninguno de estos valores o convicciones podrá afirmarse sin más sustento que la bienintencionada creencia que, mientras más acompañada de la experiencia, más cercana al pensamiento estará sin nunca lograr la certeza plena. ¿Un ejemplo?

Conozco a mucha gente que es buena o que, al menos, en su actuar cotidiano permite inferir que lo es. Buena en el sentido de que no deambula, al menos respecto a mí (en lo que he podido apreciar) maquinando daños para realizarme a mí o a otras personas. Tengo la firme creencia de que la mayoría de las personas del mundo viven así, sin embargo, no podría aseverarlo con tal seguridad sino hasta haber conocido a cada uno de los seres humanos existentes en el espacio y el tiempo, misión desde luego, físicamente imposible. Todo esto, en el hablar coloquial se traduce en “creo que la mayoría de la gente es buena”.

Tal clase de preconcepciones se pueden realizar respecto de variados asuntos, que podríamos enumerar en frases-tópico, verbi gracia “los políticos son ladrones”, “los habitantes de cierta región son flojos”, “en cierto lugar hace calor”. El último ejemplo abre una veta que no he tocado hasta el momento: la gradualidad. Sin embargo, tiento poder explicarla sin caer en un detalle demasiado lato: tanto el calor como el frío, así como la tardanza o la premura son ideas relativas a quien las está sintiendo que, al ser comunicadas, espera el sintiente que su receptor entienda lo mismo que el respecto de lo que está expresando. Imaginemos a un nativo amazónico conversando del calor con un esquimal… así que las apreciaciones comparativas caen también al bote de la creencia.

El pensamiento, a final de cuentas termina siendo una pura expectativa y confiar en el absurdo de que sabemos algo es la gran conclusión y solución para no perder la razón (o lo que hemos convenido por razón). Guardemos el secreto.

Comparto, un fragmento extraído del prefacio del libro Mitos y Supersticiones de Julio Vicuña, publicado en 1915 y que, sin quererlo se refiere a un vicio que, por lo que veo (y padezco en numerosas ocasiones en el ejercicio de la relación social) nos azota como sociedad cien años después y en múltiples aspectos de la vida. La apatía por la discusión profunda, el rechazo al cuestionamiento. Me hace creer cosas como que estamos destinados a ser cada vez más estúpidos como especie… es solo una creencia, claro. La negritas (del texto) son mías.

Cuando, en el diálogo de Platón, Phedro invita a Sócrates a reposar cerca del sitio donde Bóreas arrebató a Oritia, le pregunta si cree en la verdad de este mito, y Sócrates responde que podría negarlo, explicando el suceso de manera distinta, pero que esto le obligaría a hacer un gran esfuerzo de inteligencia para probar también la falsedad de otras leyendas, cosa que no tiene para él ningún atractivo, pues encuentra mas cómodo, en este punto, seguir creyendo lo que creen los demás.

No hay duda que la formación de los mitos que se conservan en todos los países cultos, pertenece a épocas en que la inteligencia del pueblo no era apta para desentrañar la explicación de los fenómenos que en torno suyo se desarrollaban. Andando los tiempos y a medida que se elevaba el nivel intelectual del medio, el hombre habría debido ir desprendiéndose con relativa facilidad de la mayor parte de esos prejuicios, pero la fuerza y el prestigio de la tradición, de un lado, y del otro, la pereza mental de aquellos individuos extraños a toda asociación de ideas de carácter especulativo, no han podido menos que retardar esa evolución, a primera vista tan lógica y natural.

El pueblo, como Sócrates, acepta sin trabajo lo que está habituado a oir, aunque pugne con sus convicciones, a trueque de no enredarse en argumentaciones molestas que no le interesan y que tampoco está seguro de saber formular con acierto.

Por esto es por lo que, en la mayoría de los casos, se equivocaría grandemente el que quisiera juzgar de la cultura de un país por lo que parece creer el promedio sus habitantes, como se engañaría también el que comulgara con la total despreocupación de las clases educadas, porque así lo dicen ellas, cuando afectan burlarse de los prejuicios de la gente sencilla. Unos y otros, en distinto grado por cierto, pagan tributo a la tradición, sin contar con lo que influyen en cada caso la psicología personal, el ambiente y hasta las circunstancias transitorias que rodean al individuo.
Y esto que ocurre entre las personas de escasa y mediana cultura, sucede también en las esferas más elevadas, porque es un error creer que las acendradas ideas religiosas y las disciplinas científicas son antídoto contra toda clase de supersticiones. No incurrirá el sabio, seguramente, en los mismos desvaríos que el ignorante, al suponer, por ejemplo, que las estrellas fugaces son almas divorciadas de los cuerpos, o que la aparición de un cometa presagia calamidades; per0 alguno habrá que, sin confesarlo, no quiera desafiar la preocupaci6n desposándose en día martes, o tomar asiento a la mesa de un banquete en compañía de doce personas. Santo Tomás y Diderot, hombres de distintas épocas y de muy diversas ideas, no dudaron de la fascinación. Voltaire, Rousseau y Napoleón I tuvieron el prejuicio del viernes. Napoleón creía, además, en “su estrella”, la que presidi6 su nacimiento y se le hizo visible la víspera de la batalla de Austerlitz. E iguales y aun mayores debilidades han tenido en todos los tiempos otros muchos grandes hombres, singularmente poetas, literatos y artistas, que a fuer de personas muy cerebrales, están expuestos más que los crasos y pacíficos burgueses a toda especie de alucinaciones.

El texto está felizmente disponible en memoria chilena.

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